A esa hora imprecisa en la que el día se rinde y las luces de las cocinas empiezan a encenderse, hay quien ya sabe que algo —o alguien— puede aparecer. No llama al timbre ni hace ruido. Simplemente está ahí. Ojos atentos, hocico curioso y un descaro que desarma. Así es Zorry —como lo llaman cariñosamente—, el zorro que desde principios de febrero se ha convertido, sin pretenderlo, en el vecino más comentado de Barreiros.
Cada noche, casi siempre entre las ocho y las nueve, cuando el olor de la cena se escapa por las ventanas, Zorry baja desde quién sabe dónde y se deja ver. Siempre en la misma franja horaria, como si llevara reloj. Los vecinos prefieren no concretar el lugar exacto —la zona es costera— para evitar visitas innecesarias que puedan alterar su rutina. Y es que la historia del zorrito despierta tanta simpatía como controversia. Hasta el punto de que varios vecinos relatan día a día sus apariciones y peripecias en un grupo de Facebook, donde basta con leer los comentarios para comprobarlo: Zorry no deja indiferente a nadie. O lo adoras… o lo miras con recelo.
Zorry es joven, eso se nota. Ha crecido en una zona semiurbana y no muestra la suspicacia habitual de los animales salvajes. No huye al ver personas; al contrario, se acerca. Tanto, que se deja acariciar. “Tiene un descaro tremendo”, comentan entre risas algunos vecinos. “Y mucha confianza”.
Esa familiaridad tiene explicación. En varios chalets de la zona alguien empezó a ofrecerle comida. Lo fácil engancha, incluso a los zorros. Y Zorry aprendió rápido: si hay comida, merece la pena bajar. Así, fue ampliando recorridos, probando otros caminos, buscando nuevas manos amigas.
Su debilidad son las lonchas de jamón y la empanada. Manjares muy nuestros, poco recomendables para un zorro, pero difíciles de rechazar. Come de la mano, con cuidado y educación, como si supiera que está invitado. Es sociable, agradecido y, según quienes lo tratan a diario, no supone ningún peligro. Al contrario: despierta ternura y provoca sonrisas.
Eso sí, la interacción con fauna salvaje está regulada por ley, y no todo el mundo ve con buenos ojos esta cercanía. Hay quien recuerda que, por muy simpático que resulte, Zorry sigue siendo un animal salvaje y que humanizarlo en exceso puede perjudicarlo.
Mientras el debate sigue, Zorry continúa con su rutina nocturna, ajeno a titulares y conversaciones. Baja, cena y se va. Y en ese gesto sencillo, casi doméstico, deja una estampa que rompe esquemas: la naturaleza cruzando la línea invisible que creemos tener bien marcada.
Quizá Zorry no sea más que un zorro con suerte y buen olfato. O quizá sea un recordatorio. De que compartimos espacio, de que la frontera entre lo salvaje y lo humano es más frágil de lo que pensamos. Y de que, a veces, basta un zorro curioso a la hora de cenar para obligarnos a mirar nuestro entorno con otros ojos.