Aquí el agua no solo corría: golpeaba, creaba y daba vida
En Riotorto, el hierro y el agua caminaron siempre de la mano. Los mazos y herrerías fueron construcciones fundamentales en este concello lucense, porque gracias a la energía hidráulica el trabajo del hierro se desarrolló ampliamente y dio forma a un oficio que marcó a toda la comarca.
El sistema era ingenioso y efectivo. El agua del río se almacenaba en un depósito, llamado banzado. Desde allí, al abrirse una compuerta (trapela), el caudal caía por un canal e impulsaba una rueda hidráulica (rodicio). Ese movimiento hacía funcionar el gran martillo o mazo, que golpeaba el hierro al ritmo constante del río. El mismo mecanismo se aplicaba a las «moas de afiar», donde las herramientas recibían el acabado final.
La primera referencia documental a esta tradición aparece en el siglo XVI, en textos del convento de Vilanova de Lourenzá. Con el paso del tiempo, la forja del hierro alcanzó gran importancia en Riotorto. Palabras técnicas de origen vasco —como aroza o aldabarra— y apellidos como Chavarría, Legaspi o Recalde confirman las raíces externas de un oficio que aquí prendió con fuerza.
Durante generaciones, los ferreiros de Riotorto forjaron hoces, cuchillos y todo tipo de utensilios que viajaban incluso hasta Castilla para las campañas de siega.
Hoy se conservan dos mazos que recuerdan ese legado: el Mazo de Bastián, en ruinas, y el Mazo da Fraga de Ferreiravella, restaurado en 2004 y visitable con reserva previa (982 346 222). Este último se encuentra además junto a un área recreativa, con mesas, barbacoas, parque infantil y vegetación autóctona, lo que convierte la visita en una experiencia que une historia y naturaleza.
En la actualidad, la mayoría de los mazos que siguen en uso en Riotorto son eléctricos, pero desempeñan la misma función que los antiguos de agua: dar forma al hierro y mantener viva una tradición transmitida de generación en generación.