El fotógrafo viveirense, distinguido por la Federación Española de Profesionales de la Imagen con la máxima calificación por cinco imágenes, tres de ellas incorporadas a la Colección de Honor, defiende el valor del recuerdo frente a las modas y apuesta por una fotografía con sello propio, emoción y permanencia en el tiempo
El fotógrafo viveirense Saúl Jiménez no mide el éxito en premios, sino en sensaciones. Tras lograr la máxima calificación en el Certamen de Calificaciones de la Federación Española de Profesionales de la Imagen (Fepfi), con cinco imágenes de boda —tres de ellas incorporadas a la Colección de Honor—, el profesional mariñano reivindica algo que va más allá del reconocimiento: el valor del recuerdo.
Al frente de Carlos Fotógrafos, en Viveiro, y con tres décadas de trayectoria, Jiménez confiesa que lo que le hace sentir que ha hecho un gran trabajo no es solo el impacto visual de la imagen, sino el contexto emocional que la rodea.
“En esa boda premiada me sentí como en casa”, explica. Dos de las fotografías reconocidas pertenecen al mismo enlace, algo poco habitual en un certamen donde el jurado suele penalizar imágenes de una misma celebración para evitar que pierdan fuerza. En este caso no fue así. ¿El motivo? Una ceremonia clásica, tradicional, con iglesia y coro, que le permitió conectar con la esencia que —dice— a veces se está perdiendo.
La confianza como punto de partida
Para Jiménez, la clave de una boda fluida está en la libertad creativa. “Generalmente los novios ya vienen con esa disposición. Saben cómo trabajas y te dan libertad”, señala. Cuando esa confianza existe, todo fluye. Cuando no, reconoce, el trabajo se vuelve más encorsetado.
Tras 30 años de profesión, asegura que esa complicidad suele estar presente desde el primer momento. Y hay un detalle que subraya con claridad: aunque la boda es cosa de dos, la novia sigue siendo el epicentro visual y emocional del día. “Valoro mucho que una novia sea especial. Ahí es donde sacas esa vena”, apunta.
Bodas que cambian, recuerdos que permanecen
El fotógrafo viveirense también observa una transformación evidente en el concepto de boda. Si antes predominaban los enlaces clásicos, hoy abundan las ceremonias civiles, más rápidas y con un fuerte componente festivo.
A su juicio, el presupuesto también ha cambiado de destino. “Ahora se gasta mucho más dinero en cosas accesorias”, comenta, en referencia a servicios como plataformas 360, fotomatones, toro mecánico o la llamada “hora loca”. Elementos que pueden elevar la factura del restaurante en varios miles de euros.
Sin embargo, lanza una reflexión: la fiesta pasa, pero la fotografía permanece. “El recuerdo real de ese día es lo que queda”, defiende, reivindicando el valor documental y emocional de su trabajo frente a lo efímero de la celebración.
Un sello reconocible
Si tuviera que definirse con una imagen, no elige una fotografía concreta. Prefiere algo más intangible: el reconocimiento inmediato de su estilo. “Cuando alguien ve una foto y dice ‘esa es tuya’, eso es lo mejor”, asegura.
Amante del blanco y negro y de los tonos cálidos, Jiménez considera que el fotógrafo debe dejar huella, construir una identidad visual propia que sobreviva a modas y tendencias.
Mientras los premios se suman —cinco imágenes con mérito y tres en la Colección de Honor de Fepfi—, él mantiene la mirada en lo esencial: capturar emociones auténticas en un día que no admite segundas oportunidades. Porque, más allá de galardones, su objetivo sigue siendo el mismo que cuando empezó: contar historias que resistan el paso del tiempo.